"Madurez del hombre adulto: significa haber reencontrado la seriedad que de niño tenía al jugar". (Friedrich Nietzsche)

martes, 29 de octubre de 2013

De la justicia y la educación




Durante estos últimos días, en la sociedad española se ha producido un sobresalto por la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, el cuál ha sentenciado como ilegal la Doctrina Parot que servía para compensar el desbarajuste del Código Penal español hasta 1995.



Pese a que no soy jurista, por la información de la que tengo constancia, la sentencia es irreprochable desde un punto de vista estrictamente legal. De cualesquiera de las maneras, no quisiera entrar a valorar aquí sí, efectivamente, es una sentencia justa o no. No es el tema del que quiero tratar y, probablemente, me vendría grande.

Quisiera ir, sin embargo, más allá. Al fondo de todo. A cómo entendemos la justicia como principio, no en términos legales. Porque, ¿Qué es justicia?

Como todas las preguntas sobre conceptos tan generales, la respuesta nunca puede ser sólo una, ni nunca plenamente satisfactoria. No obstante, vamos a hacer un esbozo.

El dolor causado por la muerte, desaparición, tortura... de un ser querido, debe ser inimaginable. En verdad, lo es, dado que soy incapaz de ponerme en la piel de alguien que llega a sentir algo tan tremendamente duro. Me hago a la idea, no obstante, de que el trago debe ser infinitamente amargo. De ahí pues que, cuando se halla el culpable de dicha tropelía (ya sea un terrorista, un violador o quién sea), las personas más cercanas a la victima, sienten en sus entrañas, mayoritariamente, un deseo de venganza. Este deseo no es racional en sentido estricto, pero es el sentimiento más comprensible del mundo en ese momento. ¿Quién no sentiría algo parecido en tal situación? Así sucede que, para alguien próximo a la víctima, nunca hay castigo suficiente para aquél que no sólo ha destrozado la vida de la victima, sino de esas personas allegadas. ¿Cuánto es justo para el que es incapaz de escapar del odio y la venganza? Casi con toda seguridad, esa persona allegada, pensará en cosas que, quizás, jamás diga en público porque sabe de lo terrible que reclama pero, por otra parte, no puede dejar de sentirlo. Es más que probable que desee que los culpables sufran, quizás también físicamente, y que, incluso, sean muertos. No obstante, no voy a convertir este texto en una discusión sobre la validez o no de la pena de muerte o de la cadena perpetua, sobretodo, porque, afortunadamente, a quién le toca sufrir dicha desgracia, no es quién tiene que dirimir la pena que se le impone al culpable o culpables. Para los más próximos a la víctima, ¿Qué es justo? ¿Que alguien cumpla 20 años de prisión? ¿25? ¿Que no salga nunca más?


Es muy difícil estar en la situación de “próximo a la víctima”. Por fortuna, no todos se tienen que ver en esta situación, y hay personas que pueden mantener la cabeza fría y analizar en otros términos. Porque, bien, al fin y al cabo, la base de nuestro sistema penal se basa en la posibilidad de reinserción. Podemos discutir sobre ello. Probablemente muchas personas no se reinserten nunca: porque, quizás, les gusta lo que hacían, porque son algún tipo de enfermo mental que no es susceptible de cura, porque el sistema no es lo bastante eficiente como para modificar las tendencias violentas de muchos de los reclusos... Pero se debe intentar. Especialmente, se debe evitar que se de este último caso: que si alguien no se reinserte no sea por falta de medios, que no sea por fallo del sistema. Aún así, quizás en muchos casos se haya llegado tarde: esas personas, quizás, no cambien nunca. Una verdadera tragedia, pero algo probablemente cierto.




CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)


De cualesquiera de las maneras, en esto se debe pensar porque, una vez hecho el daño, no se puede reparar de ninguna de las maneras. El castigo al culpable sólo puede ser, a lo sumo, un alivio. Pero la víctima ya lo ha perdido todo, y la familia o allegados de ésta, siempre vivirán destrozados por ello. Ya condenen al culpable a 20 años de prisión, a 25, o, incluso, aunque se le pudiera condenar a muerte: en los allegados, la mayor dureza de las penas, sólo podría producir un alivio más o menos considerable pero, una vez pasado el efecto de esta “satisfacción”, la cicatriz seguiría quedando ahí, recordándonos que, por mucho que queramos hacer, lo irremediable no puede dejar de serlo.


Por ello, desde la frialdad que otorga el poder estar fuera de la desdicha de las víctimas y sus allegados, debemos pensar en dos cosas:



  1. Una vez sucedida la desgracia, lo que se trata es de que no vuelva a suceder. De esta manera, el castigo pasa a un lugar relativamente secundario. Es decir, es preferible que salga a la calle un asesino después de 20 años, si cuando sale a la calle no vuelve a delinquir, que no que salga a la calle un asesino después de 30 años, bajo la sospecha de que es probable que vuelva a cometer alguna tropelía. No debemos perder de vista que, desgraciadamente, lo hecho, hecho está, y que pese a que el castigo es necesario e importante, lo es aún más, el tratar de evitar que eso vuelva a suceder. Ese logro es aún superior.

  2. Es probable que, en muchas ocasiones, no se tenga éxito reinsertando a la persona culpable, pasen los años que pasen; se castigue como se castigue. En ese caso, en vez de centrarnos en como ampliar el castigo o, incluso, en como eliminar el problema puntual (pena de muerte) para evitar posibles reincidencias, debemos ir a lo más importante: a como evitar que en un futuro salgan más personas como ésta, totalmente irreconducibles. Y ahí la educación pasa a tener un papel importante. Es posible que sea inevitable que, de vez en cuando, salga una persona fuera de todo esquema y que sólo pueda hacer daño en toda su vida. Pero debemos de tratar de minimizar, y si se puede, eliminar esta posibilidad. Para ello, debemos vivir en una sociedad sana, en una sociedad no excluyente, que ayude a los demás cuando lo necesitan y según sus necesidades. Y, sobretodo, una sociedad que comprenda y atienda las víctimas pero que no traslade su odio personal e inevitable, es decir, su deseo de venganza, a los demás, porque de éstos tienen que emerger las cabezas frías que puedan juzgar y porque, de éstos, también cabe la posibilidad de que vuelvan a salir nuevos verdugos. O no.

Alex Mesa
29-10-2013
   Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

jueves, 16 de mayo de 2013

Esclavos de lo invisible


El humano contemporáneo se caracteriza por un sometimiento a lo invisible. En un sentido literal, además.

En ninguna otra época, ninguna civilización, que se sepa, estuvo tan preocupada por algo que es de difícil control.

Hoy en día, sabemos que existen miles de bacterias y virus que pululan por nuestro ambiente, de las que, en algunos casos, debemos estar prevenidos. Por ello, nos bañamos más a conciencia que nunca, procuramos tener las manos siempre limpias y, cuando nuestros hijos o allegados enferman, vamos deprisa al médico: el hecho de que no podamos ver como actúan según que organismos, sabemos, no quiere decir que no estén actuando.

Hoy en día, todos hemos oído hablar de algo denominado como “mercado” o, más comúnmente, “los mercados”. Sabemos que operan en bolsa, que se encargan de vender y comprar deuda de diferentes países... Pero no sabemos quién hay, con exactitud, detrás. No tenemos personas concretas a las que responsabilizar. Las hay. Pero no las vemos. Son, para nosotros, invisibles. Por ello acuñamos ese término tan abstracto de “mercados”. Y pese a todo, tenemos más miedo que nunca. Pues es precisamente por ello: no los vemos, y ellos lo saben.

Hoy en día, cualquier usuario informático medio, sabe que en muchas ocasiones su información está en riesgo en Internet. Estamos a expensas de que nos saboteen la webcam, que nos roben información bancaria, que violenten nuestra intimidad, que nos suplanten... Tratamos de protegernos y, sabemos, que si somos cautelosos reducimos los riesgos. Pero seguimos teniendo un cierto temor. Sabemos todo lo que nos pueden hacer, pero no sabemos quién. No vendrá nadie a nuestra a casa a buscarnos. No le pondremos rostro a la inquietud. Es, para nosotros, invisible.

Seguro que se nos podrían ocurrir otros ejemplos. La importancia de constatar estos hechos no es meramente anecdótica. No es, simplemente, una particularidad como cualquier otra. Las particularidades definen a las personas, a las épocas, a las culturas. Pero no todas son igual de significativas. Esta particularidad es muy significativa. O cuanto menos, tiene consecuencias importantes.

Cuando pensamos en nuestra preocupación actual por la seguridad, cuando vemos la suerte de teorías de conspiración que existe para casi cualquier cosa... Detrás está esto. El miedo. El miedo a lo desconocido. Sí, es cierto. No es lo desconocido en sentido literal: de todo lo que he dicho tenemos información. Y de todo, en mayor o menor medida, nos podemos prevenir. Sin embargo: sigue sin tener rostro.
                                                 CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)

Los seres humanos hemos evolucionado durante milenios, poco a poco, adaptándonos de la mejor manera posible a nuestro entorno. Pero en nuestro entorno, cualquier enfrentamiento, cualquier rivalidad, cualquier peligro, se nos presentaba visiblemente: un guepardo que acechaba, nuestro vecino que quería usurparnos el hogar...

(Nota: Sí, es cierto. Todo no es invento nuestro. Las bacterias y virus que hoy constatamos que están ahí, ya lo estaban antes. Y algunas de ellas causaban muertes. De hecho, muchas más que ahora dado que no se prevenían de ningún modo. Pero nunca existió la amenaza de estas bacterias, virus u otros micro-organismos. No la hubo, porque nunca se constató su presencia. Esto no significa que ignorar su presencia fuera positivo para la vida humana, al menos, para salvarla. Pero sí que es cierto que consistía en un temor menos. Lo más parecido a la confrontación con lo invisible tiene que ver con el chamanismo, la magia... que se utilizaba para tratar de sanar la enfermedad que se desconocía su origen. Sin embargo, la personificación de las causas malignas, es na manera de poner rostro a nuestro enemigo. Una manera más de comprobar como, siempre, hemos sido incapaces de enfrentarnos a lo invisible, tal cuál.)

Es verdad: tenemos conocimiento. Podemos llegar a conocer hasta la más nimia particularidad que defina a alguno de estos agentes que, he dicho, pueden actuar sobre nosotros. Pero el conocimiento no basta. No podemos luchar contra nuestro deseo de ver y de conocer.

Nuestra vista, es nuestro sentido más desarrollado como especie. Y en su ausencia, tratamos de exprimir los otros 4 sentidos básicos para, de alguna manera,crear una “visión” de las cosas. No es una visión en sentido estricto. Pero ansiamos conocer, antes que el conocimiento. Es decir, ansiamos saber quién nos ataca, antes del qué.

No es casual, por tanto, que las formas que nosotros mismos hemos diseñado con algún tipo de potencial dañino (aunque esta no sea, en principio, su misión principal) busquen eliminar el rostro: porque sabemos de nuestro temor. Por eso existen “mercados”, por eso existen “virus” y “hackers”. Pero no sé si Juan o Ernesto están detrás. Y aunque eso parezca irrelevante, nos acaba angustiando.

De forma que pese a que el progreso que viene asociado a todo esto nos pueda merecer la pena, no cabe duda de que no podremos volver a vivir sin esa serie de temores. Pero tampoco nos preocupemos en exceso, de todas maneras, no hemos conocido otra forma de vivir. Nos la podemos imaginar y nada más. Así que seguro que usted ya está acostumbrado a esta inquietud. Porque nos podemos acostumbrar, ¿Verdad?


Alex Mesa

15-05-2013

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lunes, 6 de mayo de 2013

Conferencia "La filosofia i l'humor"

 Fuente original: http://www.filosofiadelhumor.com

Hola,

Me gustaría informaros de una charla que tiene como tema el humor y su relación con la filosofía, en el marco del ciclo de conferencias "La filosofia i qualsevol altra cosa" que organiza la Universitat de Girona.

El viernes 17 de mayo, a las 13:00h, el reputado filósofo y docente catalán Josep M. Terricabres realizará una conferencia titulada "La filosofia i l'humor". Este acto será llevado a cabo, en la Facultat de  Lletres de la Universitat de Girona (ver mapa) .

Tengo en principio poder asistir a esta charla para conocer de primera mano ideas que, a buen seguro, me ayudarán a progresar en mis tesis.

Espero que a vosotros también os pueda ser de gran ayuda y satisfacción.


Facultat de Lletres
Plaça Josep Ferrater i Móra, 1
17071 Girona, Spain
972 41 82 00
udg.es/fll

jueves, 11 de abril de 2013

Culpables



Disculpad las molestias. En las últimas semanas no me ha sido posible actualizar la web y redactar nuevos artículos. Espero poder seguir manteniendo la columna semanal, a partir de ahora.

Sobre algo ligado con lo que significa disculparse, quería escribir en esta ocasión.

Pese a su arraigo cultural, la culpa se manifiesta, no obstante, necesariamente como un sentimiento. Comento lo del arraigo cultural porque, al menos la sociedad occidental, ha convivido con la culpa como algo que estaba "ahí". 
El cristianismo representa una expiación respecto a la culpa del pecado original y una vía rápida hacia la redención pero no hacia la exculpación: el sentimiento de sentirse responsable de algo es algo interior que no es lavado simplemente porque sea perdonado. Quizás esta visión pudo llegar a ser paralizante y obsesiva. Ahora estemos, quizás, en el lado opuesto.

Pero decía que, al fin y al cabo, la culpa se manifiesta siempre como sentimiento de culpa. Es una emoción. Siempre hay una motivación para este sentimiento pese a que, como tal, no funcione bajo parámetros lógicos-matemáticos (lo cuál no quiere decir, en absoluto, que sea irracional, ni mucho menos). Que haya una motivación para sentir o padecer este sentimiento no quiere decir que pueda ser siempre evitado. En la mayoría de ocasiones el "obrar bien" o no, no es cuestión absoluta de "blanco o negro" sino relativa a las posibilidades que a uno se le ofrecen o, más concretamente, a las posibilidades que le de a uno tiempo de visualizar. Las buenas intenciones se presuponen (aunque no siempre estén detrás de cada acción). Pero esto no excluye que, finalmente, se produzca un daño y, aunque este se produzca de una manera involuntaria, es totalmente sensato sentirse mal por ello. Sentirse culpable.


 CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)

¿Por qué digo todo esto?

No quiero teorizar mucho más. La cuestión es clara: todos quieren expiar su culpa.

Cuando alguien que, por ejemplo, está representando a otras personas, acaba ocasionando a éstas un agravio, los agraviados no deben suponer mala intención. Pero es que no hace falta. No por ello dejan de ser culpables aquellos que producen el agravio.

Uno puede sentirse culpable por haber priorizado deliberadamente su propio beneficio a costa del prejuicio de otros pero, también, puede sentirse culpable por haberse equivocado. Esto no es excluyente. Y la culpabilidad aquí equivale a asumir responsabilidad. Porque, si nos afanamos en ser libres o pretendemos serlo, somos responsables.

Si alguien se ve forzado a contradecir sus ideas, tiene opción: puede marcharse. O puede contradecirlas. O ambas cosas (en orden inverso; se entiende). Pero debe responsabilizarse de lo que hace. No puede simplemente excusarse en las circunstancias y creer que esas mismas circunstancias le dan legitimidad moral para obrar en contra de sus principios y no sentirse mal por ello.

Creo que se entiende. Edipo se cegó a propósito para no continuar viendo el horror que, sin querer, había provocado. Se responsabilizó de un acto del cuál no tuvo responsabilidad consciente. Se responsabilizó extremadamente. Nunca supo que se había casado con su madre, ni que había matado a su padre, pero cuando lo supo, cargó con ello en sus hombros.

No se trata de llegar hasta el extremo de Edipo. Pero hoy en día, quiénes hacen y deshacen en nuestro nombre, que sepan que no pueden estar cómodos. Cuando obran en contra de lo que prometieron, de lo que creyeron o de lo que los demás esperaban, están traicionando a los demás y a ellos también. Y son responsables. 

No puedo ni quiero juzgar que debe significar ser responsables. Que consecuencias debe ello tener. Pero si exijo que asuman la culpa. Que den un paso al frente y admitan su fracaso, su culpa. Y, por favor, que no duerman tranquilos pensando en lo que les impidió hacer lo que decían: porque siguen siendo culpables.

Alex Mesa


11-04-2013


                                                   Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor   original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.


jueves, 7 de marzo de 2013

La insoportable levedad de la vida


Hace ya tiempo, se dio a conocer el caso de un presentador de televisión español (más bien un showman de programas de media-tarde) que, tras ser picado por una araña, tuvo que pasar un calvario médico que le llevó a ver peligrar su vida y que, finalmente, se saldó con la extirpación de un trozo de carne de una mano.
Creo que fue aún en pleno shock por lo recién vivido que, llamado por un programa de televisión, acudió para comentar su experiencia.

El caso es que esta persona se mostró muy nerviosa y airada, algo comprensible, pero lo más importante era que se encontraba anonadado. Perplejo por algo: una "simple" araña había estado cerca de ocasionarle la muerte y, aunque no se llegó a tal fatalidad, le hizo pasar un mal trago importante. Este hombre de televisión, vino a decir en reiteradas ocasiones que había estado a punto de morir por una "puta araña", por una "simple araña".

Recordando este suceso es como se me ocurrió parafrasear a Milan Kundera
1 para escribir este artículo.

Porque, ¿Qué hay detrás de las palabras de este individuo?

Sí, sin duda. Hay una experiencia traumática, que, con casi plena seguridad, nos atormentaría a todos. Pero también hay algo más. Algo que ahonda más en la herida. Es una incomprensión. Una perplejidad. Y esta perplejidad se denota, por ejemplo, en lo de "simple araña".

Hace ya algunas semanas, escribí aquí mismo un artículo titulado "Somos cuerpo" en el cuál reivindicaba el papel crucial que tiene el cuerpo en tanto que no es una herramienta nuestra sino que es un "nosotros mismos". Achaqué a la toma de consciencia (autoconciencia) por parte del ser humano, un primer alejamiento del cuerpo. Como si esa mente (surgida de la toma consciencia) no fuera algo nuestro, sino nosotros mismos. Pensar desde "arriba", por simplificar, nos alejaba de todo nuestro cuerpo y nos hacía pensar en él como una herramienta (dado que somos conscientes de que, en un estado óptimo, somos capaces de mover, por ejemplo, nuestras extremidades a plena voluntad).

Pues bien, de esta autoconciencia, se deriva, también (no directamente claro, pero si como consecuencia derivada de un primer causante) un cultivo extraordinario de lo que llamamos personalidad. Un cultivo de muchas facetas que nos definen: yo escribo, otras personas cantan, otras son muy útiles en sus empleos haciendo cualesquiera cosas, otros nutren su tiempo libre viendo cine o leyendo libros... En fin, vamos llenando nuestras vidas de experiencias, habilidades, accesorios... de la misma manera que un piso nuevo se va amueblando cada vez más con el paso de los años. Al cabo de un tiempo (creo que este momento ya se da en la propia niñez),  nuestra vida suele ser tan rica de cosas (aunque nuestro nivel cultural o nuestro nivel económico no sea muy elevado; pues no se habla aquí de cosas estrictamente materiales sino de experiencias) que olvidamos continuamente algo tan obvio como que vamos a morir. Sí, cierto. Asumimos que algún día seremos bastante mayores y moriremos. Lo sabemos y lo asumimos. Pero, realmente, no aceptamos la fragilidad de la vida. No nos ponemos en múltiples circunstancias que se pueden dar.

CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)


Nuestra percepción de la vida lineal y nuestra ansía de progreso(que no siempre ha sido del todo así; ni tan siquiera en nuestra historia autoconsciente) nos lleva, indefectiblemente, a olvidar lo frágil que es, realmente, nuestra existencia. Porque ya no nos creemos animales. Asumimos una cuota muy reducida de muerte: programada y estipulada en una vejez remota. Nada más.

Relacionado con esto, no percibimos nuestro entorno de la misma manera. Por mucho amor que sintamos por los animales o el medio-ambiente, no solemos percibirlos a ellos como iguales nuestros. No nos importa lo mismo su vida o destino y consideramos que su importancia, en general, es bastante inferior a la nuestra. Hasta tal punto sucede esto que, finalmente, uno no puede sino, como nuestro protagonista, desquiciarse porque una "simple araña" haya estado a punto de matarlo. Es como si una simple casa de paja hubiera podido derruir con su propio peso, un castillo de piedra maciza. Pero he aquí la realidad de todo esto: esa piedra no es realmente una piedra maciza. Todo lo que apreciamos, amamos de nuestra vida (nuestros hobbies, habilidades, pasiones...), pese a parecer que la fortalecen, no nos inmuniza contra nada que venza a nuestra naturaleza física. Somos, igual de vulnerables. De acuerdo: poseemos antídotos y medicina avanzada. Sin embargo, cualquier circunstancia puede acabar con nosotros fácilmente; ¿Acaso una maceta caída desde una altura considerable, no podría llegar a matarnos?

La conclusión que se puede desprender de lo escrito, no es que tengamos que vivir con miedo. Nuestra naturaleza nos llevará a creer en la solidez del barro que construye nuestra vida. Y esto es sano. De lo contrario, la angustia sería demasiado dominante. Pero la conclusión que si se puede extraer de aquí, es que se puede vencer a la angustia de sentido contrario: a la angustia de sentirnos derrotados por una nimiedad (como lo fuera, una "simple araña").  Porque, realmente, no hay nimiedades en la vida. O todo es una nimiedad: incluida nuestra propia existencia. Porque no es una "simple araña": millones de personas u homínidos han muerto por "simples arañas" a lo largo de nuestra historia evolutiva, y millones de animales mueren cada día por ellas. Porque para un depredador, no hay más que simples presas: todos sus "accesorios" no pueden ser valorados. Y porque tanto Cervantes, Einstein o Dalí, estaban sujetos a la misma norma que todos nosotros. Y no por ello dejaron ni dejarán de ser genios. Porque, en verdad, la genialidad está dentro de un revestimiento muy mundano.


1.
Kundera, Milan. La insoportable levedad del ser (trad. Valenzuela, Fernando) . Tusquets Editores: 201, Barcelona.

Alex Mesa

7-03-2013

                                       Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

jueves, 21 de febrero de 2013

Contra el sentido común


En estos días en que me hallo preparando una charla para el ciclo de conferencias que "Filosofia viva" organiza en Granollers (más info.: www.filosofiadelhumor.com), he topado con unas valoraciones que Richard Rorty hacía sobre el discurso metafísico, contraponiendo éste a la emergencia de lo que el mismo bautiza como discursos ironistas (entrar a explicar qué son y significan los discursos metafísicos y los discursos ironistas excede en mucho la pretensión de esta reflexión; quién esté realmente interesado, que consulte la obra, traducida al castellano, de Rorty "Contingencia, ironía y solidaridad").

Lo interesante de lo rescatado de Richard Rorty para este artículo , es cuando versa sobre el sentido común. Decía Descartes, que el sentido común era, efectivamente, el más común de los sentidos, pues todo el mundo decía estar provisto de una gran cantidad de él. Obviamente, su expresión no era sino irónica. Pues bien, quizás tampoco debiera parecernos tan interesante estar dotados de una gran cantidad de sentido común. Pese a que parezca lo lógico. Pese a que parezca el último reducto, por ejemplo, de lo exigible a nuestros responsables políticos, a nuestros médicos, a nuestros profesores...

El sentido común es englobado por Rorty dentro de las características del discurso metafísico. Es una característica fundamental del razonador clásico. Pero bien, lo interesante es preguntarse: ¿qué significa poseer sentido común?

Poseer sentido común es más arriesgado de lo que, en un principio, pudiera parecer. Pues poseer sentido común significa dar por sentado que nuestro léxico último, es decir la base para la justificación de nuestras ideas (nuestros fundamentos lingüísticos que son injustificables; nuestros axiomas) si es último en algún sentido, es porque es verdadero. Es decir, el sentido común da un gran paso entre la no-justificación de nuestro léxico último (por razones de base), a la convicción de que ni es justificable es porque no es verdadero. Osease, el sentido común no se cuestiona nuestro léxico último.

Así, partiendo de la base, se produce el efecto siguiente: poseer sentido común significa no cuestionarse los fundamentos de nuestro mundo y nuestro conocimiento.



CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)
Una postura tan lógica, tan predicada y tan querida, es incompatible, por ejemplo, con el desarrollo científico: ¿cómo hubiera sido posible todo avance hasta el momento sin cuestionarse las ideas (muchas veces preconcebidas) de cada campo?, ¿cómo será posible seguir avanzando si no seguimos cuestionando las ideas que ahora damos por sentadas?

No es cuestión de caer en un escepticismo facilón y creer que ningún conocimiento es posible. Pero si que es importante no apalancar ningún conocimiento. La crítica. He ahí la mayor enemiga del sentido común. Quizás por esto, la palabra crítica sea concebida en un ámbito coloquial con una connotación negativa. Y no debiera serlo. La crítica es la que nos hace fuertes. La crítica significa juzgar continuamente algo, no para destruirlo sino para observar si es lo suficientemente fuerte para prosperar. Y si no prospera es porque no merece la pena.

Tener sentido común es, en realidad, fácil. Y cómodo. Acceder a un paquete de ideas, de conocimientos, de palabras... de mundo, en definitiva. Acceder, decía, y no cuestionarse nunca la validez o la idoneidad de esto y aquello. Es, realmente, cómodo.

A veces también es un requerimiento. Tener sentido común puede sernos útil en muchas ocasiones. El cuestionamiento perpetuo puede ser agotador. Pero no se puede predicar el sentido común como manual de vida. El sentido común ha hecho poco por la humanidad. Hubiera sido de sentido común no cuestionar a nuestras autoridades intelectuales: Platón, Kant, Newton, Einstein... Pero sin ese pertinente cuestionamiento... Mejor hubiera sido criar escribas, muchos escribas. Para hacer copias y más copias.

Y en tú vida personal: cuestiónate que está bien o que está mal. O que es lo más idóneo en cada momento. No des por supuesto que lo que dicen de ti, o lo que te dicen sobre algo, es lo que vale. Cuestionarse las cosas no es negarlas, pero tampoco es afirmarlas de primera. Es evaluarlas. ¿Acaso no es esto algo sensato?

Por ello he considerado tan interesante indagar en algo así como una "filosofía del humor", porque el humor rehuye de este sentido común. Sin ser una herramienta para el conocimiento, sin pretender armar teoría alguna, es una herramienta de cuestionamiento que, incluso aún cuando parece absurdo, nos abre la mente mucho más allá de lo que nuestro queridísimo sentido común, pudiera hacer nunca.


Alex Mesa

21-02-2013

                                       Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.


jueves, 14 de febrero de 2013

Cuestión de ministerio


 Esta semana, una noticia de gran calado ha sacudido la prensa internacional y, por consiguiente, el mundo. El Papa Benedicto XVI decide renunciar a su cargo y, por lo tanto, romper la tradición que marca al papado como un cargo vitalicio. Desde el año 1415 no había habido ningún Papa que dejara de serlo antes de fallecer y, cabe decir, que de los pocos Papas que han perdido su cargo en vida, no todos lo hicieron por una renuncia propia y personal sino, en diversas ocasiones, obligados a "dimitir".

Con éstas, Benedicto XVI dejará de existir y volverá a ser, hasta el fin de sus días, Joseph Ratzinger. Sin duda, el carácter de este Papa es muy diferente de lo general. Desde el comienzo de su papado, se quiso marcar su carácter conservador y se ganó una imagen dura y un tanto negativa, sobretodo, en su comparativa con su predecesor, Juan Pablo II. Pero este tampoco era ningún santo (aún de momento no lo es). Quiero decir: Juan Pablo II también fue duro con quién tuvo que serlo (según la Iglesia católica) y Benedicto XVI también ha sabido transigir.


Se habla de que las intrigas de Roma, los politiqueos... han podido con Ratzinger. Sin duda, Ratzinger (mejor o peor persona, mejor o peor Papa, eso es igual ahora) es un Papa un tanto diferente. Es un intelectual. Un teólogo de primera magnitud que aborrecía, en buena medida, sus funciones políticas y representativas.Es lo que, comúnmente denominamos, una "rata de biblioteca", un gran estudioso de la religión que tuvo siempre preocupaciones filosóficas. Preocupaciones que dejó patentes, por ejemplo, en su discusión con Jürgen Habermas, antes de acceder al papado.

En cualesquiera de los casos, no estoy aquí para examinar (para bien o para mal) la figura de Joseph Ratzinger ni, tampoco, el papado de Benedicto XVI. No soy un experto en la materia, ni tengo demasiado interés en hacer lo que, seguro, otros ya están haciendo y harán.

Lo que a mi me interesa es analizar su renuncia. Pero no la renuncia en sí mismo, sino la interpretación que de ella podemos extraer. No cabe duda, que para muchos sectores de la Iglesia, esta decisión no ha sentado bien, ni la consideran del todo correcta (aunque ahora se afanen a decir lo contrario en público). Se considera que el Papado es un orgullo y un deber contraído de por vida. Hay unos motivos morales cristianos de peso que justifican que en los últimos casi 600 años, no haya habido renuncia alguna pese a lidiar el papado con personas de extrema vejez y mal estado de salud.


No obstante, creo que se puede ver la renuncia desde otro prisma. Un prisma que nos lleve, de paso, a hacer una comparativa con lo que sucede en política.

En el marco del catolicismo, el Papa es la máxima expresión terrenal. Es el primer ministro de Dios, es decir, el delegado, el encargado de transmitir su mensaje en la tierra. Es, por tanto, por así decirlo, ante todo un representante. El representante que el espíritu santo selecciona. Así, ser Papa supone un privilegio (no sólo en el sentido material, aunque este haya tomado mayor relevancia con el paso del tiempo), dado que significa haber sido escogido por Dios mismo para ser su representante.


Pero todo privilegio, todo derecho, conlleva una contrapartida, una obligación. Así debe serlo, al menos. En el apartado de obligaciones de un Papa, parece que podemos hallar cierta laxitud. No obstante, creo que se le debería exigir poder estar en unas condiciones adecuadas para poder trasladarse (por proselitismo y para reforzar su credo en donde ya se cree), para poder comunicarse (para poder hablar con sus feligreses)... En definitiva, tiene que poder ejercer con cierta soltura esas funciones de representante.

Entendiéndolo de este modo, si Joseph Ratzinger ha decidido dejar de ser Papa, porque, realmente, se encuentra agotado y no se ve con fuerzas para seguir con su cargo, deberíamos congratularnos por su gesto. Si el ministro de Dios, no puede seguir ejerciendo su ministerio, es sensato que renuncie a su cargo, no tan sólo para que el pueda descansar sino, especialmente, para que otro pueda ejercer con la fuerza que a el le falta, su ministerio.
CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)

Ahora, trasladémonos al marco político. Al marco político español, concretamente.
De igual forma que en el marco del catolicismo, el Papa es el ministro de Dios, en el marco político democrático español, el gobierno en su conjunto, con el presidente del gobierno a la cabeza, representan a la ciudadanía del Estado español. Es decir, son los ministros (de ahí que aún se utilice esta terminología en política) de los ciudadanos. Quienes gestionan sus asuntos e intereses. O así debería serlo.

De esta forma es como veo que cobra más interés la renuncia del Papa y es más elogiable. Si un ministro no puede cumplir, por la razón que sea, con su ministerio, renuncia. Y si se ha podido hacer en un marco moral muy estricto, imaginémonos en el más abstraído marco de la política.

¿Qué quiero decir con esto?

Pues que si un partido político se presenta a unas elecciones (generales, autonómicas, municipales...) con un programa político, es para cumplirlo. Puede que no se cumpla por diversos motivos:

1) Porque mintieron a propósito. Querían ganar votos pero no pretendían cumplir su programa.
En este caso, sin duda, un gobierno debe dejar su cargo, dado que ha manipulado la confianza ciudadana. Sin embargo, es poco probable que lo haga dado que si ha sido capaz de engañar vilmente  para conseguir su propósito; una vez conseguido, pareciera que la opinión popular fuera indiferente.

2) Porque las circunstancias para cumplir su programa no eran las que pensaban o han cambiado después de realizar su programa.

En este caso, también debería irse. Quizás no es culpa suya que las circunstancias no sean las más propicias, y quizás no le quede más remedio a este partido político que incumplir su programa, pero eso no es lo que firmó la ciudadanía que les respaldó con su voto. Están utilizando ilegitimamente un soporte popular. Deberían, como mínimo, pedir disculpas y solicitar ese mismo apoyo popular (a través de unas elecciones, por ejemplo) para que este mismo pueblo decida ratificar (o no) ese cambio de programa.


3) Porque es totalmente imposible cumplirlo. El programa era irreal.

En este caso, también debería irse. Es cierto que, si el programa era muy ilusorio, nadie podrá tampoco  cumplirlo, pero, pese a ello, la ciudadanía ha ejercido una función de soporte a un programa que no se        va a cumplir. Por lo tanto, debería suceder como en el caso 2) (elecciones buscando el soporte del programa rectificado). La candidez o inocencia, quizás, de una parte del electorado no es óbice para que puedan ser engañados por sus representantes.

Así, es como se ejerce realmente un ministerio. Cumpliendo con lo que va en el cargo, y renunciando cuando esto no sea posible. Así, es como los corruptos deberían, también, renunciar: por traición a una confianza. Por traición al poder del cual emana su ministerio.

Así es como esta semana, creo que hemos podido aprender algo bastante valioso: que el poder no sólo conlleva privilegios sino obligaciones. Es una cuestión de ministerio.

Alex Mesa


14-02-2013


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