"Madurez del hombre adulto: significa haber reencontrado la seriedad que de niño tenía al jugar". (Friedrich Nietzsche)

martes, 4 de febrero de 2014

De lobos y corderos

Me gustaría escribir en esta entrada sobre una película, aunque no será esto una crítica de cine. Más bien, quisiera mencionarla por otros motivos que difieren de su calidad cinematográfica.

Me estoy refiriendo al nuevo film de Martin Scorsese: El lobo de Wall Street. Ésta es una película que apunta fuerte en los Óscar de este año 2014 y, debo decir, creo que no es sin motivos.


Scorsese nos vuelve a presentar otra película de gran nivel, muy frenética, visualmente muy bien trabajada, con una actuación de L. Di Caprio muy convincente y, diría yo, bastante brillante. Ciertamente, en líneas generales, es una muy buena película que consigue no hacerse demasiado larga pese a durar 3 horas.
No obstante, ya dije que esto no es una crítica de cine. O, al menos, en un sentido tradicional.

Quisiera en este espacio clarificar otros aspectos que  se refieren a la temática del film.


Ya sabemos que Scorsese no ha tenido nunca problema en estetizar los recovecos oscuros de la sociedad. Así lo atestiguan películas como El cabo del miedo o, aún más, cuando se trata de hablar del crimen organizado y la corrupción, largometrajes como Infiltrados.


Particularmente, un servidor no tiene nada en contra de estos casos. No considero que el cine tenga una función ética o moralista preeminente. Ni creo que deba tenerla: salvo en contadas ocasiones. Además, el festival estético de Scorsese nunca ha sido banal, sino funcional: ha surtido un gran efecto, generando, casi siempre, buenas películas.

No obstante, en lo que se refiere a El lobo de Wall Street, el discurso debe ser algo diferente. Cierto es que el film no hace sino basarse en el libro autobiográfico de Jordan Belfort que lleva el mismo nombre. Pero aún así, se debía una mínima prudencia.

lunes, 20 de enero de 2014

La enfermedad es el dogmatismo


Hoy mismo, se han dado a conocer las declaraciones de un cardenal español que, preguntado por la cuestión, ha definido a la homosexualidad como una enfermedad. El motivo alegado: imposibilita la reproducción.

No quisiera entrar “al trapo” reduciendo este post a algo obvio pero que, no obstante, se hace irresistible mencionar: por esta regla de tres, este señor, como sus compañeros, es un enfermo por el simple hecho de que, supuestamente, sigue el celibato.


Pero tranquilos: no, el celibato no es una enfermedad. Pero la homosexualidad, tampoco. Y no me voy a estirar más al respecto. Intentar demostrar una cosa o la contraria en dicho tema, ya revela algo: es un tema que preocupa. Y no debería preocupar. Sólo un apunte: ¿Qué clase de virus, bacteria, desorden emocional, etc. causa la homosexualidad ? Y, sobretodo, ¿Qué clase de consecuencias perniciosas tiene para la salud o integridad de las personas homosexuales (o para las de las personas que se relacionan con ellas) , su misma condición sexual?

CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)



Como estaba queriendo decir: el problema de esto, es que esto sea un problema. Pero, se ve, que para algunos, lo es. Como otras tantas cosas, que no debieran serlo.


Si el deber tuviera lugar: debiéramos ser, por norma, medianamente respetuosos.


A mi, toda convicción o creencia de tipo religioso, así como cualquier preferencia de tipo cultural o artístico y, casi todas las simpatías políticas (el “casi” es un límite que se debe poner para aquellos que quisieran que no fuéramos respetuosos con los que no piensan como ellos), me merecen un respeto. Puedo estar más o menos de acuerdo. Puedo simpatizar en mayor o menor medida. Pero, intento, tener el mazo de la crítica siempre presente y, por lo tanto, estoy abierto a escuchar lo que cada cuál quiera decir y, luego, me quedaré con aquello que me parezca adecuado, correcto o valioso. Lo demás, lo desecharé.


Lo que nunca haría sería negarle a nadie la posibilidad de que sea como quiera ser, que haga lo que quiera hacer, que piense como quiera pensar.

En primer lugar, me sería imposible nunca reunir el poder efectivo para impedir esto. Pero, y esto es lo más importante, no comprendo en que iba a mejorar mi vida, tratar de fastidiar la de otra persona, simplemente porque no piense como yo. Eso no me hace daño.


En el caso particular que me ha hecho empezar este artículo, es decir, sobre la homosexualidad, seguro que podría tener una contestación de aquellos que piensan como el susodicho cardenal: la homosexualidad afecta a todos porque pervierte a las juventudes, genera dolor en las personas “que la sufren” y en sus allegados... Es posible que, incluso, se me diga que es bueno hablar de ello y tratar de ponerle freno, para evitar contagios. Por decir, seguro que me podrían decir eso y mucho más. Pero de entre todas las cosas que me podrían decir, seguro que me acabarían diciendo una, que no siendo la más grave, si sería la más paradójica: “para que escribes un artículo como éste, si tú no eres homosexual”. Y entonces, me lo dejarían fácil: “por el mismo motivo por el cuál ustedes hablan de ello sin serlo, para combatir a la enfermedad. Pues de entre todas las enfermedades que tienen que ver con las ideas, el dogmatismo, es la peor de ellas.”

Alex Mesa

20-01-2014

Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

jueves, 16 de enero de 2014

¿Violencia?


- Fuente original:
Pensamiento de los políticos españoles:



Os vamos a enseñar lo que es la violencia. Violencia es que nos pongáis límite, o que lo pretendáis. Violencia es que salgáis a las calles a protestar, cuando deberíais estar haciéndolo en vuestras casas, en voz baja. ¿Pero no os da vergüenza ir quemando contenedores por ahí? Por favor, ¿Por qué lo hacéis? ¿Por qué pasáis hambre? Dejadnos que os enseñemos lo que os conviene, o ¿acaso pretendéis vivir como nosotros? No somos iguales. Nos parece genial que no estéis de acuerdo con lo que hacemos, pero dejádnoslo hacer, de todas formas. No pongáis trabas. Decid lo que queráis, pero en las urnas. Y si no os gusta, a esperar otros cuatro años. De mientras, silencio. 
 
CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)

Si queréis... podéis indignaros, pero en una esquina y sin armar jaleo, ¿de acuerdo? Cada vez que luchéis por un derecho, perderéis la razón. Aquí sólo pega la policía, y si se lo ordenamos. ¿Qué no recortamos por donde debemos? A ver, no somos idiotas. Recortamos por donde debemos, por supuesto. Es decir, por donde menos nos afecta: la mayoría de personas dependientes, seguramente, no vayan ni a votar, los niños, aún menos, y los ancianos... Bueno, no todos llegarán a las próximas elecciones. ¿Queréis que molestemos a las compañías energéticas? ¿Por qué? ¿De qué vamos a vivir cuando dejemos la política activa? Ya os decimos que no es nuestra idea dejarlo a corto plazo, pero nunca se sabe. Hay que guardarse un as bajo la manga.

Así que no seáis violentos, por favor. Que perdéis la razón. ¿Queréis romper el status quo? ¿Qué haremos nosotros, entonces?





PD: Os lo confesamos: tenemos algo de miedo en nuestros adentros. Pero no demasiado. Sabemos que no vais a saltar. Muchos se ocuparán de deciros la poca razón que tiene vuestra indignación: ya sabéis, en voz baja... Como se han producido todos los cambios sociales relevantes, por supuesto...

 
Alex Mesa 16-01-2014

Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor                                                     original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

miércoles, 15 de enero de 2014

Poder mentir es poder

- Fuente original:

Siempre he sido bastante reticente a los simplismos. Por eso no me ha gustado ver nunca la política como, simplemente, una lucha de poder, pese a que, sin duda, ésta existe. Forma parte de nuestra cultura de herencia indoeuropea, ver batallas en todo, pero, probablemente, por esta misma condición de indoeuropeos, quizás, también hemos insertado estas "batallas" por doquier. 

Pese a todo, la política tiene, sin duda, un componente social, más o menos altruista, que, no obstante, da la sensación de estar siendo poco cultivado. Y, al final, acaba uno cayendo en la cuenta de que el poder es más significativo: porque está donde no te lo esperas.

Poder mentir es, por ejemplo, un poder. Un poder del que, los políticos, no temen hacer uso en España. Te dicen que los salarios no están bajando, que el precio de la electricidad no está subiendo, que el cine no es más caro, que los medicamentos no cuestan más dinero... Todo esto ya va más allá del maquillaje/eufemismo de la verdad que se produce en política habitualmente. Mienten deliberadamente, y lo hacen a sabiendas de que no van a poder engañar a casi nadie. Aunque quizás el "casi" les compense, pensarán algunos. Pero no lo hacen por ello. No. Simplemente, lo hacen porque pueden. Porque poseen ese poder. Y no lo ven como limitado. Porque se conocen todos los resortes del status quo, del régimen establecido. Y no temen porque éste se rompa. Por eso pide sacrificios quién es verdugo y no ejemplo. Es decir, quién se beneficia de ellos o, como mínimo, quién no debe hacer sendos sacrificios en ningún caso.


CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)


Te dicen así que "tener una aventura en el extranjero" (que no emigrar), puede ser la mar de provechoso. Que una educación pública debe ser elitista. Que la sanidad no sólo puede ser objeto de negocio, sino que es conveniente que así sea. ¡Qué asco de lo público!
Las cuerdas elásticas, por su propia condición, se pueden estirar bastante. Más de lo que uno, habitualmente, imagina. Aguantan muy bien. Pero también se rompen. También tienen límite. El status quo no es garante del futuro, como no fue en el pasado. Y las conciencias se despiertan.

A ustedes, señores políticos: los ciudadanos ya sabemos que tienen el poder de mentir, no se lo reprochamos. Pero es un poder con límites. Reír es bueno, reírse de los demás, no demasiado. Y reírse de la mayoría: poco inteligente.


Alex Mesa
15-01-2014

Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor                                                     original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

martes, 17 de diciembre de 2013

Percepción de comunidad

- Fuente original: http://sites.google.com/a/alexmesa.com/escritura/reflexiones/percepciondecomunidad


Cada cuál tiende a vivir su vida, como es lógico, como propia. Lo es, sin duda, en muchos sentidos. El logro intelectual por excelencia de la humanidad, es decir, alcanzar la autoconciencia, lleva a que se comprenda que nuestra vida nos pertenece. Lleva a distinguirnos de los demás, a saber donde acabamos nosotros como entidad individual corpórea y mental. Es decir, saber distinguir entre un yo y los demás.



Cuando uno está sano y sin ningún tipo de patología o deficiencia de ningún tipo, aún este sentimiento es más fuerte, comprensible y fácil de comprobar. Uno puede levantar cualesquiera de sus manos a su antojo, puede decidir cuando hablar o cuando permanecer callado, puede sentir su propia respiración si se detiene a escucharla, etc.



Sin duda alguna, los seres humanos somos constituidos como seres individuales y fácilmente limitables (al menos en el aspecto físico).

Sin embargo, ¿alguna vez se han parado a pensar, quiénes serían ustedes, sin el resto de seres humanos?



Por supuesto, no pretendo referirme a la obviedad que supone decir que para haber nacido, debe uno haber sido engendrado por otros seres humanos (con el material genético de ellos, al menos).



Pretendo referirme a qué sería de ustedes, de mi, de todos, si, por poner, esta vez sí, un ejemplo típico, nos quedáramos solos en la Tierra.



No puedo vacilar acerca de la capacidad de cada uno. Seguro que muchos de ustedes son buenos en muchas cosas y, quizás, muchos crean que son especiales en lo que hacen. Y, probablemente, esto sea así. Algunos serán unos excelentes profesionales del sector de la construcción o de la locomoción, a la vez que, quizás, sean buenos amantes y padres. Otros serán virtuosos de la canción, buenos actores, deportistas consumados o, como en mi caso, les guste escribir sobre aquello que piensan. La mayoría se resistirá, con gran razón, a pensar que son un número más en un gigantesco engranaje. Cada uno, a su manera, aporta un factor diferencial. Y es bueno que esto sea así: hay sitio y debe haberlo, para la personalidad.



No obstante, repito, ¿alguna vez se han parado a pensar, quiénes serian ustedes, sin el resto de seres humanos?

 CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)




Ejemplificando mi caso, me resultará más fácil explicarme. Yo soy una persona que, con mayor o menor acierto, trato de escribir (de una manera original, a poder ser). Soy doctorando de mi universidad y aspiro a poder vivir de mis esfuerzos intelectuales. Con algo de suerte y valía, es probable que este punto llegue a cumplirse algún día (aunque tal y como están las cosas... eso daría para otro artículo).



Sin embargo, al igual que todos ustedes, yo nunca seré una persona independiente de una forma plena. Es más, en realidad, nunca podré ser independiente en casi nada.



Me explico. Yo no soy la persona que produzco la mayor parte mi alimentación. Ni mi ropa. Ni la energía que consumo en casa. Ni tampoco soy quién se fabrica sus antibióticos, si alguna vez los necesito.



Aunque yo pueda llegar a poseer un sueldo con el que costear económicamente todo esto y, así, poder conseguirlo, nunca podré decir que lo he conseguido de una manera independiente.



No voy a entrar a valorar si el precio que pagaré por todo esto es justo o no. Ese no es el tema. El tema es que, para que yo pueda ocupar la mayor parte de mi tiempo en hacer aquello que se me da bien, otros tienen que dedicar su tiempo en aquello que a mi, de mientras, me hará falta.



Solo me he remitido a algunas de las cuestiones más básicas, aunque, en verdad, así es con todo. Lo es, cuando voy al cine o al teatro a entretenerme o culturizarme. Lo es, cuando he asistido a cursos para formarme. Lo es, cuando leo libros que me resultan interesantes. Y, espero, que lo sea cuando a alguien le sirvan mis esfuerzos y trabajo para seguir adelante.



El grado de utilidad directa de lo que hace cada ser humano, es muy variable. Entre otras cosas, porque no todo el mundo lee, pero sí que todo el mundo necesita comer. Pero lo que está claro es que, ningún ser humano, por rico o inteligente que pudiera ser, podría hacer prácticamente nada, sin que existiera otro ser humano. Y reitero, que se pague un precio monetario por todo lo que he dicho, no elimina el hecho de que ha mediado otra persona. Y de que es necesario que esa persona exista.



Si no me creen o no me acaban de comprender , simplemente piensen en que cosas podrían hacer ustedes en una isla desierta (totalmente desierta). O mejor aún, piensen que harían personas como Amancio Ortega, Bill Gates o Emilio Botín. Por mucho dinero que tuvieran, no conseguirían apenas garantizar su subsistencia. Se pasarían la mayor parte de su tiempo tratando de alimentarse y, probablemente, no les sobraría tiempo para mucho más.



Y si le buscan una utilidad o sentido a esta reflexión, creo que puedo dárselo. Aunque en su día a día se sientan muy especiales con lo que hacen y, si es el caso, satisfechos porque creen que pueden tener todo a su disposición, piensen que nadie, absolutamente nadie, es totalmente independiente.



Quizás, de esta forma, algún día se podrá recapacitar y pensar que, efectivamente, no se puede apretar las tuercas de algunos hasta el punto de la cuasi-aniquilación.



Porque todos, en mayor o menor medida, hacemos falta. Porque todos formamos parte de una gran comunidad, aunque el dinero, nuestra autoconciencia, u otros factores, nos hayan hecho perder la percepción sobre su existencia.


Alex Mesa

17-12-2013

Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor                                                     original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Corrupción, auto-realización, cultura y aburrimiento (Parte I)


Desde hace ya bastante tiempo, en España, nos estamos acostumbrando a oír noticias referentes a la corrupción.Que si Bárcenas esto, que si Cospedal aquello... Tenemos a Urdangarín, el caso de los ERE en Andalucía, la trama Gürtel en su totalidad... En fin, y otras muchas cosas que, probablemente, nos queden por saber (o que quizás no conozcamos nunca).


La situación actual de crisis económica, ha aumentado, como es lógico, la sensibilidad respecto al tema de la corrupción. Una ciudadanía sana, no acepta nunca la corrupción, pero una ciudadanía que pasa penurias, lo tolera mucho peor, obviamente.


Sobre esto ya se ha dicho y escrito mucho. Cuando se quiere abordar con más profundidad este tipo de temas, suelen salir a la palestra, preguntas del tipo "¿Nos merecemos esta clase de dirigentes y altas esferas?" Hay quién dice que, un pueblo, siempre merece los gobernantes que tiene: se le presupone, a este pueblo, capacidad para desautorizar a quién no cree que le representa.


Sin embargo, no quiero indagar yo en este tema. Desde hace ya algún tiempo, le estoy dando vueltas a una idea. Y en los últimos días creo haberla clarificado. Mi pregunta es, ¿Por qué sucede la corrupción?


Una pregunta como ésta, no se puede esperar que tenga una respuesta única. Pero si acotamos los términos, quizás nos aproximemos.


Veamos. Para empezar: hay que definir que clase de corrupción acontece en España actualmente.


La mayor parte de la corrupción, por la cuál, la población se está "sulfurando" es una corrupción de tipo político. Así lo atestiguan multitud de casos.


Pues bien. Habrá que preguntarse porque sucede este tipo de corrupción. Yo tengo mi opinión, y eso es lo que quiero exponer.


Si se piensa en la mayoría de los casos de corrupción, las personas involucradas y que se han lucrado de ella, suelen tener sueldos que, si bien no suelen ser millonarios, no son nada desdeñables y están claramente por encima de la media ciudadana. Difícilmente encontraremos a ninguno que perciba unas rentas inferiores a 3.000 o 4.000 euros mensuales. De este modo, podemos descartar la necesidad extrema (entendiendo a ésta como la necesidad de cobijo y alimento) de los corruptos.



CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)

El dinero tiene muchas formas de gastarse. Y a muchos niveles. ¿Cuántos casos habremos conocido de ricos que se han arruinado? Sin embargo, percibir una renta de 4.000 euros mensuales, te puede dar un tren de vida bastante aceptable. Sí, se me podrá decir que la gente rápido se acomoda y sí los gustos se sofistican, enseguida puedes gastarte ese dinero. Eso es cierto, pero sí nunca has tenido más que eso, y no has caído, aún, en la tentación de recibir nada más ilícitamente, es indudable que una renta de este tipo (más los privilegios muchas veces asociados a sus cargos públicos), da para vivir bastante bien.


Pero bien, el caso es que la corrupción sucede. Y no sucede por necesidad extrema. Con lo cuál, ¿es porque perciben poco dinero? ¿Menos del que se creen merecer?

Supongamos, que en vez de cobrar 4.000, cobraran 6.000, ¿Se acabaría el problema? Lo dudo, pues algunos corruptos ya percibían, legalmente, rentas superiores a ésta (renta neta, por supuesto). Bueno... Entonces, ¿Quizás con 10.000€ mensuales se arreglaría el problema? Lamentablemente, parece que tampoco. Algunos también cobraban rentas superiores a ésta.


No creo que sea cuestión de número. La corrupción sigue sucediendo. ¿Y por qué? Pues, quizás, la respuesta puede parecer obvia: porque para muchos, el dinero da la felicidad.


Podréis pensar que si, después de toda esta parrafada, mi conclusión es llegar a un tópico, no he conseguir aclarar mucho. Me voy a explicar.


El dinero es, sin duda, de vital importancia en nuestras vidas. Es el medio de nuestro sustento.  A través de él, conseguimos nuestro alojamiento (en propiedad o alquiler), conseguimos víveres, ropa... Con dinero pagamos nuestros medios de transporte, nuestros entretenimientos (libros, televisión, etc.) e, incluso, nuestra salud (medicamentos y demás). Eso está más que claro. Nadie lo duda. Todo el mundo lo sabe. Bien. El dinero como medio es una realidad incluso para el mayor de los anarquistas (otra cosa es que no le gustara que fuera así, pero, de facto, lo es).


El problema es cuando el dinero no es un medio para la obtención de algo, sino un fin en sí mismo. Así llegamos a los avaros. Los avaros son aquellas personas que, simplemente, disfrutan amasando dinero. Disfrutan teniendo más y más, aunque, quizás, nunca se gasten una buena parte de lo que obtienen. Es el placer que produce ver crecer un número. Por supuesto, existe una versión suavizada del deseo de obtener el dinero por sí mismo que consiste en irse creando "necesidades" cada vez más caras, para poder asistir a la ceremonia que consagra el poder del dinero y, así, justificar, en buena medida, el querer amasar más y más.


Pues bien, esta manera de entender el dinero como fin, aunque sólo sea en su versión "soft", es lo que lleva a los corruptos, a serlo.


Ahora, la pregunta es, ¿Por qué sucede esto?, ¿Es patológico?, ¿Es porque son más listos que nadie?, ¿Es inevitable que suceda?


Y en este caso, me alegra poder mandar un mensaje que, al menos parcialmente, esperanzador: sí, se puede evitar.


Alex Mesa

08-11-2013

   Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.








martes, 29 de octubre de 2013

De la justicia y la educación




Durante estos últimos días, en la sociedad española se ha producido un sobresalto por la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, el cuál ha sentenciado como ilegal la Doctrina Parot que servía para compensar el desbarajuste del Código Penal español hasta 1995.



Pese a que no soy jurista, por la información de la que tengo constancia, la sentencia es irreprochable desde un punto de vista estrictamente legal. De cualesquiera de las maneras, no quisiera entrar a valorar aquí sí, efectivamente, es una sentencia justa o no. No es el tema del que quiero tratar y, probablemente, me vendría grande.

Quisiera ir, sin embargo, más allá. Al fondo de todo. A cómo entendemos la justicia como principio, no en términos legales. Porque, ¿Qué es justicia?

Como todas las preguntas sobre conceptos tan generales, la respuesta nunca puede ser sólo una, ni nunca plenamente satisfactoria. No obstante, vamos a hacer un esbozo.

El dolor causado por la muerte, desaparición, tortura... de un ser querido, debe ser inimaginable. En verdad, lo es, dado que soy incapaz de ponerme en la piel de alguien que llega a sentir algo tan tremendamente duro. Me hago a la idea, no obstante, de que el trago debe ser infinitamente amargo. De ahí pues que, cuando se halla el culpable de dicha tropelía (ya sea un terrorista, un violador o quién sea), las personas más cercanas a la victima, sienten en sus entrañas, mayoritariamente, un deseo de venganza. Este deseo no es racional en sentido estricto, pero es el sentimiento más comprensible del mundo en ese momento. ¿Quién no sentiría algo parecido en tal situación? Así sucede que, para alguien próximo a la víctima, nunca hay castigo suficiente para aquél que no sólo ha destrozado la vida de la victima, sino de esas personas allegadas. ¿Cuánto es justo para el que es incapaz de escapar del odio y la venganza? Casi con toda seguridad, esa persona allegada, pensará en cosas que, quizás, jamás diga en público porque sabe de lo terrible que reclama pero, por otra parte, no puede dejar de sentirlo. Es más que probable que desee que los culpables sufran, quizás también físicamente, y que, incluso, sean muertos. No obstante, no voy a convertir este texto en una discusión sobre la validez o no de la pena de muerte o de la cadena perpetua, sobretodo, porque, afortunadamente, a quién le toca sufrir dicha desgracia, no es quién tiene que dirimir la pena que se le impone al culpable o culpables. Para los más próximos a la víctima, ¿Qué es justo? ¿Que alguien cumpla 20 años de prisión? ¿25? ¿Que no salga nunca más?


Es muy difícil estar en la situación de “próximo a la víctima”. Por fortuna, no todos se tienen que ver en esta situación, y hay personas que pueden mantener la cabeza fría y analizar en otros términos. Porque, bien, al fin y al cabo, la base de nuestro sistema penal se basa en la posibilidad de reinserción. Podemos discutir sobre ello. Probablemente muchas personas no se reinserten nunca: porque, quizás, les gusta lo que hacían, porque son algún tipo de enfermo mental que no es susceptible de cura, porque el sistema no es lo bastante eficiente como para modificar las tendencias violentas de muchos de los reclusos... Pero se debe intentar. Especialmente, se debe evitar que se de este último caso: que si alguien no se reinserte no sea por falta de medios, que no sea por fallo del sistema. Aún así, quizás en muchos casos se haya llegado tarde: esas personas, quizás, no cambien nunca. Una verdadera tragedia, pero algo probablemente cierto.




CC; Imagen de dominio público (fuente: www.clker.com)


De cualesquiera de las maneras, en esto se debe pensar porque, una vez hecho el daño, no se puede reparar de ninguna de las maneras. El castigo al culpable sólo puede ser, a lo sumo, un alivio. Pero la víctima ya lo ha perdido todo, y la familia o allegados de ésta, siempre vivirán destrozados por ello. Ya condenen al culpable a 20 años de prisión, a 25, o, incluso, aunque se le pudiera condenar a muerte: en los allegados, la mayor dureza de las penas, sólo podría producir un alivio más o menos considerable pero, una vez pasado el efecto de esta “satisfacción”, la cicatriz seguiría quedando ahí, recordándonos que, por mucho que queramos hacer, lo irremediable no puede dejar de serlo.


Por ello, desde la frialdad que otorga el poder estar fuera de la desdicha de las víctimas y sus allegados, debemos pensar en dos cosas:



  1. Una vez sucedida la desgracia, lo que se trata es de que no vuelva a suceder. De esta manera, el castigo pasa a un lugar relativamente secundario. Es decir, es preferible que salga a la calle un asesino después de 20 años, si cuando sale a la calle no vuelve a delinquir, que no que salga a la calle un asesino después de 30 años, bajo la sospecha de que es probable que vuelva a cometer alguna tropelía. No debemos perder de vista que, desgraciadamente, lo hecho, hecho está, y que pese a que el castigo es necesario e importante, lo es aún más, el tratar de evitar que eso vuelva a suceder. Ese logro es aún superior.

  2. Es probable que, en muchas ocasiones, no se tenga éxito reinsertando a la persona culpable, pasen los años que pasen; se castigue como se castigue. En ese caso, en vez de centrarnos en como ampliar el castigo o, incluso, en como eliminar el problema puntual (pena de muerte) para evitar posibles reincidencias, debemos ir a lo más importante: a como evitar que en un futuro salgan más personas como ésta, totalmente irreconducibles. Y ahí la educación pasa a tener un papel importante. Es posible que sea inevitable que, de vez en cuando, salga una persona fuera de todo esquema y que sólo pueda hacer daño en toda su vida. Pero debemos de tratar de minimizar, y si se puede, eliminar esta posibilidad. Para ello, debemos vivir en una sociedad sana, en una sociedad no excluyente, que ayude a los demás cuando lo necesitan y según sus necesidades. Y, sobretodo, una sociedad que comprenda y atienda las víctimas pero que no traslade su odio personal e inevitable, es decir, su deseo de venganza, a los demás, porque de éstos tienen que emerger las cabezas frías que puedan juzgar y porque, de éstos, también cabe la posibilidad de que vuelvan a salir nuevos verdugos. O no.

Alex Mesa
29-10-2013
   Nota: Está permitido  reproducir parcial o totalmente este artículo siempre y cuando se cite la fuente (la dirección web) y el autor original. Queda prohibida  la venta o utilización de este artículo con fines económicos sin previa consulta al autor.